
Un Amor Incondicional
A mis queridos pichurrines, fruto del segundo milagro de mamá Jasmina.
Fue en una primavera de amor felino cuando mamá Jasmina llegó a mi terraza con su primera camada, tejiendo ya una parte indeleble en mi corazón. Poco después, la naturaleza siguió su curso y Jasmina volvió a quedar preñada. En aquel entonces, mi economía no me permitía afrontar los gastos veterinarios para esterilizarlos a todos, así que, con la esperanza de encontrarles un hogar, decidí llevarlos mes a mes al veterinario y pedir ayuda a través de redes sociales y asociaciones.
El tiempo, ese ladrón silencioso, volaba sin piedad, y los cachorros crecían a un ritmo vertiginoso. A pesar de mis incansables esfuerzos por inundar las redes con fotografías de los pichurrines, nadie respondía a mi anhelo de adopción.
Con mamá Jasmina a punto de dar a luz su segunda camada, preparé con esmero una caja de cartón con suaves toallas en mi taller, un nido cálido y seguro para la llegada. Debió parir durante la madrugada, pues cuando la visité por la mañana, los pequeños angelitos ya estaban aferrados a la tetita de su mamá, cuatro hermosas vidas que llegaron para agrandar aún más la familia. "Siete y cuatro más, ¡once! ¡Dios mío, ayúdame a encontrar personas que los adopten, porque no puedo mantener tantos gatos!", exclamé con una mezcla de alegría y desesperación.
A los tres meses, solo un pequeño encontró un hogar. De la primera camada, ya había logrado esterilizar a tres, y mi amiga Bárbara me ayudó generosamente con los gastos de mamá Jasmina. Los tres cachorros de la segunda camada no paraban de jugar con sus hermanos mayores. Era verano, y el huerto de mi terraza ofrecía ya sus primeros frutos. Una mañana, al entrar para regar, descubrí con una mezcla de asombro y frustración cómo los gatitos habían destrozado mis plantas de pimientos y tomates. Fue entonces cuando tuve que cubrir las plantas con tela metálica, creando una barrera para protegerlas de sus travesuras.
Organicé una parte de la terraza exclusivamente para ellos, con juguetes y cajas de cartón que prometían horas de entretenimiento. Los cachorros, con sus tres meses, eran auténticos superhéroes: con sus diminutas garras trepaban por la tela metálica que cubría las plantas, y hacían sus necesidades en la tierra. Me tenían desesperado, ya no sabía cómo proteger mis preciadas plantas. Un día, mientras trabajaba en el taller, escuché un maullido de socorro de uno de los pequeños. Se había quedado atrapado por una patita en una mampara que utilizaba para dar sombra a una de mis plantas más delicadas. Rápidamente, me acerqué y, con mucho cuidado, liberé su patita de la rendija. A pesar del susto, el pequeño, intrépido, continuó subiendo y trepando sin temor alguno.
Cuando el tiempo me lo permitía, jugábamos juntos en la terraza. Yo quedaba embobado con sus carreras y peripecias. Fue un verano maravilloso y feliz, hasta que el destino, sin previo aviso, llegó con aquel virus que me destrozó el alma. Abrió una herida tan profunda en mi pecho que pedía a nuestro Señor que me aliviara de esta pena y sosegara mi corazón, pues mi sufrimiento por la pérdida de estas criaturas era tan fuerte que me impedía terminar los trabajos de mosaicos que debía entregar a final de mes.
Después de esta terrible experiencia de aquel verano, mi corazón se tranquilizó y continué operando a los demás pichurrines. Pero el destino me tenía reservado para los meses de invierno un nuevo dolor, que describiré en una nueva página de estos recuerdos de mi vida con gatos.
Poema para mis Pichurrines
Patitas suaves, ojos de asombro, tres meses ya, pequeño tesoro. En tu mirada, el sol se refleja, vida que nace, ternura que deja.
Saltos traviesos, enredos de amor, un mundo nuevo, lleno de color. Con cada maullido, un dulce cantar, alegría pura, sin igual.
Pequeños tigres, de patas veloz, exploran el mundo, con dulce voz. Mi corazón late, lleno de paz, con vuestro cariño, que nunca se va.
Creceréis fuertes, libres y audaces, mis pichurrines, amores fugaces. En cada ronroneo, un "te quiero" sincero, sois la melodía de mi sendero.
Continuara...
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