Yazmina. Un Amor Que Trasciende el Tiempo
A mi gatita siamesa Yazmina, un amor puro que dejó una huella imborrable y desgarró mi alma con su partida. Su recuerdo, como el más dulce jazmín, perdura en cada rincón de mi corazón.
Yazmina, mi pequeña joya de ojos celestes, nació en el regazo de la historia, en la venerable casa del colegio de doña Gertrudis. Aquel lugar, envuelto en el abrazo de un jazmín centenario que desafiaba el paso del tiempo desbordándose por el tejado roto, era un santuario.
Doña Gertrudis, una dulce maestra de párvulos en los años 40, había convertido su hogar en un nido de sabiduría y risas infantiles. Tras su partida en los 70, la casa, aunque abandonada, se transformó en un refugio sagrado para una creciente colonia de gatos, un legado silencioso que perdura hasta hoy.
Fue en este entorno mágico donde la conocí. Yazmina, junto a sus hermanos y su amorosa madre, solían visitar la casa de mis queridos amigos Husman y Nadia. Desde lo alto del muro, sus maullidos eran melodías que anunciaban su llegada, una dulce petición de alimento que Husman siempre atendía con cariño. Así, entre historias compartidas y miradas furtivas, mi corazón se encontró por primera vez con el tuyo, mi dulce Yazmina.
En aquellos días, mi vida transcurría en un bloque cercano, compartiendo la cotidianidad con mi fiel Pichurri, mi compañero felino de toda la vida. Poco después, el destino me llevó a un nuevo hogar en el mismo edificio, un piso con una terraza que prometía ser un lienzo de sueños: mi taller de mosaicos, donde las manos daban forma a la belleza, y un pequeño huerto que me surtía de aromas y sabores frescos para mi cocina.
Una hermosa mañana de primavera, mientras el sol tejía hilos dorados sobre mi terraza, me sumergí en la lectura de un libro, deleitándome con la suave brisa y la promesa de un día perfecto. De repente, una escena mágica interrumpió mi lectura. La madre gata, seguida por sus seis curiosos cachorros, había escalado el muro que separaba mi terraza del patio de la casa de doña Gertrudis. Saltaron con gracia a mi espacio, y sus maullidos, tiernos y urgentes, me revelaron su hambre. Sin dudarlo, bajé a la cocina y les ofrecí un festín improvisado con la comida de mi Pichurri.
La madre fue la primera en acercarse, buscando mis caricias con una confianza que me enterneció. Los cachorros, más tímidos, tardaron unos días en despojarse de su recelo, pero pronto la terraza se convirtió en su parque de juegos personal. Corriendo y persiguiéndose, escalaban mis pantalones en busca de mimos, llenando el espacio con su alegría contagiosa. Les preparé una caja de cartón en la habitación de mi taller, un refugio acogedor para las noches frías. Durante semanas, este fue su pequeño mundo, entre la terraza y el taller.
Con el tiempo, su curiosidad los impulsó a explorar. Tímidamente, comenzaron a bajar las escaleras, descubriendo los misterios de mi casa. Mi querido Pichurri, aunque al principio refunfuñaba un poco, fue aceptando a sus nuevos y bulliciosos compañeros. A la madre gata la llamé Jazmina, en honor al jazmín que custodiaba su hogar en la vieja casa.
A la pequeña siamesa, la que se robó mi alma, la bauticé Yazmina. Al rubio y rojizo lo llamé Perejil, porque en esos días solía prepararme una infusión de perejil fresco de mi huerto. Su hermano gemelo, Roky, encontró un hogar amoroso con mi amigo Luis. Las dos hermanas de pelaje blanco y negro recibieron los nombres de Marina, como mi hija, y Lucera, por la mancha blanca en su espalda que brillaba como una estrella. Otra, con un pelaje de mil colores y una carita dividida en dos tonos, fue Carey. Y por último, la negrita, que meses después descubrí que era un machote. Al principio la llamé Montse, pero cuando supe su verdadero género, me quedé sin nombre. Así que, aunque cada uno tenía su nombre, solía llamarlos a todos mis "Pichurrines" cuando los convocaba a la hora de comer.
Todos ellos dejaron una huella imborrable en mi corazón, pero en estas páginas, quiero hablar de Yazmina, porque fue ella quien desgarró mi corazón el día de su partida al paraíso de nuestro Señor. Fue en aquellos días sombríos que asolaron al mundo con la temible epidemia del virus, cuando Yazmina, apenas con un año y medio de vida, sucumbió a un virus felino que prefiero no nombrar.
En el patio de doña Gertrudis, una nueva colonia se había formado, y una gata siamesa había parido cuatro cachorros, quienes, con solo unos meses de edad, fueron los primeros afectados por aquella mortal epidemia. Ya narré este doloroso episodio en uno de mis relatos, "La noche de las lamentaciones: Crónica de una muerte anunciada."
Aunque ya han pasado años desde aquel suceso, mis lágrimas aún brotan al recordarlo. Fueron días de inmenso sufrimiento para estos pequeños seres y para mi corazón, que se desgarraba cada día al verlos partir. La cercanía a la colonia hizo que el contagio entrara también en nuestra casa.
Meses antes de esta tragedia, Jazmina, la madre, volvió a quedar preñada y dio a luz a cinco gatitos preciosos en una caja de cartón que preparé con esmero. Lamentablemente, uno no sobrevivió al parto. Los cuatro pequeños restantes fueron criados con un amor inmenso durante su lactancia. No habían cumplido los tres meses cuando el virus llegó a la colonia. Los cuatro pequeños se contagiaron y, sin que nada pudiera hacerse, sus vidas se apagaron.
Cada día moría uno, y durante una semana, mis lágrimas no cesaron. Cada día, les daba sepultura en el lago de los patos, un lugar hermoso camino de los Barraeros, junto a nuestra cárcava, bajo un viejo acebuche donde ahora descansan todos mis queridos gatitos.
El contagio también alcanzó a mi querida Yazmina. Todo sucedió tan deprisa que ni la medicina recetada por la veterinaria pudo detener la enfermedad. Mi desesperación por salvarla aumentaba a cada instante. Ver cómo se apagaba poco a poco fue un dolor terrible. Ya solo podía rezar para que nuestro Señor la ayudara a no sufrir. Permanecí junto a ella durante toda su agonía, hasta que su pequeño corazón dejó de latir. Mi corazón destrozado y mis lágrimas eran un torrente incesante.
Yazmina tenía un año y medio. Sus lindos ojos eran azules como el cielo despejado, su pelo suave como el terciopelo, y su corazón rebosaba de amor por los demás cachorros. Siempre juguetona, llena de vida, sus siestas y sus noches las pasaba acurrucada en mi cama. Aunque amaba a todos mis gatos, Yazmina fue algo especial desde aquellos días en casa de mi amigo Husman, donde su mirada se clavó en mi retina para siempre, prometiendo un amor eterno.
La envolví en una tela blanca, con la delicadeza de quien guarda un tesoro, y la deposité en una caja de cartón de zapatos. Con ella, puse algunos de sus juguetes favoritos y una carta de despedida, un eco de mi amor incondicional. Mis lágrimas regaron el camino hasta el acebuche en el lago, donde deposité su cuerpo y mi corazón en la tierra bendita de mi Señor. Supliqué a mi Señor que la cuidara en su destino, y que en su nuevo hogar tuviera el perfume del jazmín y el amor infinito de su misericordia.
Aunque el tiempo siga su curso, Yazmina, siempre serás mi preferida en mi corazón y en mis oraciones. Descansa en paz, amor mío.
Poema a mi querida Yazmina:
Para mi Dulce Yazmina
Yazmina, luz de mi vida y alma de mi ser, mi calma, Tus ojos cielo puro, abrevadero leal, tu amor infinito, don celestial. En cada maullido, se percibía tu presencia cautiva, En el regazo de los patos, un adiós, mi amor no caduca.
En mis sueños, juegas, pura y traviesa, mi dulce Yazmina. Duerme en paz, amada, en el viento, mi corazón te anhela. El jazmín de la casa de la maestra, te recuerda en su dulzura, Tu amor fue tan profundo que en mí alma sigue tu ternura.
Ahora vives en el cielo, sin dolor ni penas, Descansa en paz, mi amor, mi Yazmina bella, mi Yazmina serena. Cada día te recuerdo, mi alma no te olvida, Te llevo en mi corazón, mi Yazmina querida, mi Yazmina mi vida.
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