sábado, 5 de septiembre de 2026

Historias y recuerdos de mi vida con gatos.

 

 

Título: Historias y recuerdos de mi vida con gatos.

 Autor: Ricardo Martínez Amores.

Notario Mayor del Reino celeste de Solia.

 Portada: Romualdo Cedillo López.

Ilustraciones: Géminis.

Impresión: Copyfax.

Sanlúcar la Mayor. Sevilla. España. 41800

 Contacto autor: 652943025.

Primera edición: 2026.

 

Prólogo

 Ecos de Maullidos en el Corazón

Desde tiempos inmemoriales, la conexión entre el ser humano y los animales ha tejido historias de compañerismo, amor incondicional y, en ocasiones, de una devoción silenciosa que trasciende las palabras. Este libro no es solo un compendio de anécdotas; es el testimonio de una vida entrelazada con las pequeñas criaturas felinas que, con su gracia indómita y su misteriosa sabiduría, han marcado cada paso de un camino extraordinario.

 A lo largo de estas páginas, el lector será testigo de cómo un balcón se convirtió en un observatorio privilegiado, un santuario y un puente entre dos mundos: el humano y el felino. Desde los primeros maullidos curiosos hasta las complejas dinámicas de una colonia, cada relato es un fragmento de vida, una lección de resiliencia y un eco de la profunda bondad que reside en el corazón de aquellos que eligen dedicar su tiempo y su amor a los más vulnerables.

 Prepárense para adentrarse en un universo donde cada gato tiene un nombre, una personalidad y una historia que contar; donde la alegría de un nacimiento se mezcla con la tristeza de una despedida, y donde el amor se manifiesta en-

un futuro mejor. Este es un viaje al alma de un protector, un homenaje a los "pequeños angelitos felinos" que, con sus patas suaves y sus miradas profundas, nos recuerdan la verdadera esencia de la compasión.

 Introducción

Huellas en el Alma

 Hay presencias que no necesitan palabras para llenar una casa, ni grandes gestos para transformar por completo el sentido de una vida. A lo largo de los años y de las distintas etapas que he transitado, mi camino personal ha estado marcado de forma indeleble por el suave eco de unos pasos felinos y la mirada curiosa y sabia de quienes, más que simples mascotas, han sido mis más fieles y silenciosos confidentes. Este libro no es solo una recopilación de anécdotas curiosas; es un mapa emocional de mis propios recuerdos, trazado con delicadeza a través de los ojos de mis gatos.

 Cada capítulo de esta obra rescata un fragmento esencial de mi historia: desde las travesuras vibrantes que rompieron el silencio de las tardes grises, hasta esos momentos de quietud absoluta donde un ronroneo acompasado fue el único consuelo necesario para el alma. Al hojear estas páginas, el lector encontrará el testimonio de una convivencia llena de aprendizaje mutuo, paciencia infinita y un amor incondicional que desafía el paso del tiempo. Bienvenidos a este rincón sagrado de mi memoria, donde los recuerdos no se desvanecen con los años, sino que permanecen guardados, como huellas imborrables, en lo más profundo del corazón.

A mi Pichurrín Negrito, al que tanto quiero

El mes de mayo parece haberse propuesto poner a prueba mis emociones más profundas. Hoy, con el alma encogida, he vuelto a enterrar a otro de mis pequeños: mi Pichurrin Negrito, de pelaje suave como el terciopelo. Era el compañero de vida de su amiga Gris Canela, quien nos dejó hace apenas tres días. A ambos los rescaté con apenas un mes y medio de vida en la puerta de mi casa; allí los lavé, les di de comer y les entregué todo el cariño que mi pecho podía albergar.

Mi pequeño Negrito era especial. Tenía un lucero blanco, pequeñito, justo en la mitad de su pecho, custodiando su corazón. Poseía una mirada felina cargada de una ternura infinita y, curiosamente, el último hueso de su rabito estaba doblado, igual que el de su compañera siamesa Yazmina. Junto a ella, era el más cariñoso de la casa; siempre se le veía aseando a los cachorros con paciencia maternal y jugando sin descanso con su amiga Gris Canela.

 Ahora ambos descansan juntos en el lago de los patos. Tenían la misma edad, apenas un año y medio de vida compartida. En el silencio de la noche, cuando me retiraba a descansar, sentía cómo se acercaba sigiloso para darme las buenas noches.

Solo por el tacto, sin necesidad de luz, sabía que era él. Se echaba a mi lado y jugábamos a que mordisqueara mi mano, un juego que siempre terminaba con algún arañazo, una marca de su amor travieso.

 A la hora de comer era un alma generosa, tanto que siempre era el último. Tenía que guardarle su parte con cuidado, pues si no lo hacía, Gris Canela no le dejaba nada. Cuando salían a pasear, él era siempre el último en recogerse; muchas noches la preocupación me embargaba pensando que quizás no volvería, pero su lealtad siempre lo traía de vuelta a casa.

Nunca tuvo una mala reacción ni se peleó con otros gatos, a pesar de que por este edificio abundan más de tres. Su pasatiempo favorito era contemplar el atardecer desde la azotea, sentado junto a Gris Canela, viendo cómo el sol se ocultaba tras el horizonte. Juntos descubrieron el mundo y juntos pasaron su primer celo. Al principio, cuando era un cachorrito, creí que era hembra, y no fue hasta tiempo después que descubrí su verdadera naturaleza. Hasta su manera de caminar era elegante y bonita. ¡Cuánto amor repartió entre sus amigas, cuánta ternura en sus abrazos y cuánto cariño compartimos en nuestra intimidad!

En estos años de soledad, gracias a ellos, nunca me sentí solo. Su compañía era mi felicidad; ellos eran, y son, mi familia gatuna. Todavía me quedan tres conmigo, entre ellos la más vieja de la colonia que ahora vive bajo mi techo y que pronto será mamá de nuevo. Rezo por encontrar un buen hogar para los tres pequeños de apenas tres meses que son adorables.

 Espero que mis emociones encuentren calma, pues siento que, de tanto amar, mi corazón podría dejar de latir en cualquier momento. Que sea lo que Dios quiera, pues a Él pertenezco y a Él he de volver.

 Le doy gracias por todo lo que me da; Él es el amor que persigo, el Misericordioso y el Compasivo. Me vuelvo hacia Él para pedirle, desde su bondad infinita, que en el último día me reúna con mis mascotas, y que podamos estar juntos eternamente bajo la luz de Su presencia.

 

A mi Gatito Pichurri, a quien tanto amé

Su historia comenzó, como un pequeño milagro, junto a las antiguas murallas de la mezquita, donde la vida se abría paso entre callejuelas y susurros de antaño. Durante su primer año, Pichurri, con el instinto innato de la supervivencia, compartió juegos y desventuras con su camada, explorando los rincones de la cárcava y el aroma de la churrería.

  Su noble corazón y el incesante rugido del hambre lo llevaron a aventurarse más allá, a nuevos territorios donde la generosidad habitaba en cada esquina. El quiosco del pollo y el Kebab de los hermanos musulmanes se convirtieron en sus paradas habituales, refugios donde encontraba alimento casi a diario y un toque de bondad.

Recuerdo aquellos días invernales, cuando al salir de la tienda Andalusí con el pan recién horneado, su voz, un "Miau, miau" insistente, atraía mi atención. Sus maullidos, un eco de su hambre y su deseo de afecto, eran imposibles de ignorar. Me acercaba a él, y sus caricias eran pura ternura; se dejaba tocar sin recelo, un alma dócil y confiada que se mezclaba con la gente, buscando con audacia tanto sustento como cariño. Su solidaridad para con los humanos era palpable, una lección de coexistencia.

 Con la llegada del verano, su andar tranquilo y sin prisas lo guio hasta el umbral de mi hogar. Entró en el edificio como si ya lo conociera, buscando con esperanza algo de comer, llamando a cada puerta con sus maullidos.

Desafortunadamente, algunos vecinos, con poca empatía, lo ahuyentaban, llegando incluso a amenazarlo con golpes. Pero aquella mañana, al abrir mi puerta para hacer las compras, allí estaba él, con su mirada hacia arriba y un inconfundible "Miau, miau, miau" que hablaba de su necesidad. Mi corazón se enterneció, y sin dudarlo, lo invité a entrar.

Revisé la nevera, buscando algo que pudiera ofrecerle. Una lata de atún y unas lonchas de chopper de ternera, junto a un poco de agua fresca, fueron su festín. Después de saciar su apetito, con la confianza de un rey en su trono, se tumbó en el sofá y se entregó a un sueño profundo.

 A mi regreso, aún dormía plácidamente, con las patitas estiradas, en un abandono total. Me arrodillé a su lado, observándolo con una devoción que no conocía, acariciando su suave pelaje desde la cabeza hasta el rabo, una y otra vez. Le susurré con la voz embargada por la emoción: "Aquí tienes una casa y comida, quédate si quieres, todo el tiempo que desees". En ese instante, un lazo invisible se tejió entre nosotros, un pacto de amor y compañía.

Los días pasaron, y quedó claro que Pichurri había elegido quedarse. Necesitaba un nombre, uno que resonara con su personalidad. Entonces, recordé a José Luis López Vázquez, ese entrañable actor de cine que en sus comedias llamaba a todas sus novias "Pichurri". Así, mi gatito encontró su identidad, un nombre que le sentaba a la perfección.

 Durante los meses siguientes de aquel verano, su vitalidad era desbordante. Disfrutaba de los primeros rayos de sol en la azotea, y cuando yo regresaba de mis quehaceres para preparar la comida, él bajaba a mi encuentro. Rozaba mis piernas con su cuerpo suave, esperando ansioso su ración. Le compré todo lo que un gato necesita: su arenero, sus juguetes y, por supuesto, su comida especial.

Después de cada comida, cuando me echaba en el sofá para un merecido descanso, él se acurrucaba junto a mí, abrazándome con sus patitas y regalándome su arrullo, un "rrum, rrum" constante que nos mecía hasta el sueño.

 Durante las tardes, al desplegar mi alfombra para mis oraciones, él se recostaba a mi lado con una quietud sorprendente.

 Al finalizar, me abrazaba pidiendo caricias, una tradición que nació aquel primer día y que, desde entonces, nos unía en un ritual de fe y amor. Cuando escucha la llamada a la oración, se acomoda junto a mí, paciente, hasta que concluimos.

 En aquel verano, la naturaleza llamó, y Pichurri entró en celo. Cada noche se escapaba por la ventana, regresando bien entrada la madrugada. Observé con preocupación que no comía bien y que en su escaso pipí aparecían unas gotas de sangre. Pregunté a unas amigas gateras, quienes me aconsejaron llevarlo a la veterinaria de la Corredera.

Sin embargo, mi modesta paga apenas me permitía cubrir los gastos. Fue mi amiga Carmen quien, con su gran corazón, llamó a la veterinaria y se ofreció a compartir los costes de su intervención. Con el corazón en un puño, transporté a Pichurri en un cesto para que la doctora lo examinara.

El diagnóstico reveló una irritación en su uretra debido al celo, que le impedía orinar con normalidad. Tras su castración y un tratamiento con pastillas, en pocos días recuperó su vitalidad, su alegría y su pasión por el juego.

 Pero la noticia más dura aún estaba por llegar: padecía leucemia viral felina, posiblemente hereditaria o contagiada por otros gatos. La noticia me desgarró el alma; no pude contener las lágrimas. La doctora le aplicó un tratamiento y, tras una transfusión, Pichurri se recuperó.

  Desde entonces, mi atención y mi cariño se multiplicaron, dedicándome a cuidarlo con la mayor ternura posible. Me entristece profundamente cuando lo miro y mi corazón llora con lágrimas de amor al ver la tristeza y el dolor que a veces lo embargan. Echo de menos sus abrazos espontáneos, sus juegos llenos de vida, y me duele el alma al verlo sumido en esa pena silenciosa.

Han pasado dos años desde aquellos días. Pichurri, con cuatro años, es ya un gato adulto. Los juegos son menos frecuentes; ahora prefiere pasar la mayor parte del tiempo durmiendo, explorando los distintos rincones de la casa que ha hecho suyos.

 Nunca me molesta; es un compañero educado, limpio, cariñoso y respetuoso con todos. En las últimas semanas, una gata vecina, que habita en una casa abandonada junto a mi terraza de la azotea, tuvo su segunda camada.

  Esta gata, a la que ya conocía por sus visitas a la casa de mi amigo Husman, solía sentarse en mi ventana, maullando para pedir comida. Es dócil y confiada. Tras el nacimiento de su segunda camada, se vio obligada a emigrar con sus pequeños y con los de la primera, buscando refugio en la azotea de mi edificio, junto a mi terraza.

 Aquella noche, los aullidos de los pequeños clamaban por el alimento de su madre. Por la mañana, me asomé para ver qué ocurría: los tres gatitos más jóvenes estaban acurrucados en una esquina, mientras los dos mayores de la primera camada disfrutaban del sol a sus anchas en la terraza.

Al recibir mi paga, les compré comida y, con una caja de cartón, les construí una pequeña casita para protegerlos del frío, preparándoles también un espacio para comer. Procuro no molestarlos demasiado, ya que no están acostumbrados a la gente y se asustan con facilidad. Han pasado varias semanas, y poco a poco, van perdiendo el miedo, al ver cómo su mamá confía en mí y acepta mis caricias.

Antes de que lleguen las lluvias y el frío invierno, les adaptaré la casita con plásticos para protegerla del agua. Mientras estén cómodos y no les falte comida, no molestarán a nadie y podrán seguir adelante con sus vidas.

  Otra gata del corral vecino también ha parido, así que ahora compro un saco de comida más grande para alimentarlos a todos. Rezo para que mi paga y la ayuda del banco de alimentos de la Comunidad Europea del ayuntamiento sean suficientes para cubrir las necesidades de todos estos pequeños seres.

El Canto de Pichurri

 Mi lindo Pichurri, alma de terciopelo, llegaste a mi vida, un regalo del cielo. Desde las murallas, tu espíritu errante, buscando un refugio, un amor constante.

 En calles de adoquín, tu maullido, un eco, un ruego de hambre, un pequeño aleteo. Tus ojos felinos, luceros de obsidiana, mirada de súplica, promesa temprana.

 Entraste en mi casa, sin prisa, con calma, dejando en mi puerta, un latido en el alma. Atún y ternura, tu primer dulce sueño, en un sofá blando, te hiciste mi dueño.

 Pichurri, mi nombre, un eco de risas, corriste en la azotea, con nuevas divisas. El sol en tu lomo, un manto dorado, mi sombra en tus pasos, tu hogar encontrado.

 En tardes serenas, te acurrucas junto a mí, tu ronroneo, un arrullo, un canto de juncos. Mis manos te buscan, tu pelaje tan suave, un pacto sagrado, que mi corazón sabe.

 La llamada del rezo, un momento de paz, a mi lado te sientas, mi guardián audaz. Tus patitas me abrazan, buscando caricias, un lazo invisible, que al alma acaricia.

El celo te llevó, lejos de mi ventana, el miedo a perderte, una herida temprana. La sangre en tu pipí, la angustia que crecía, tu salud en riesgo, mi alma sufría.

 La médica experta, con manos de seda, te dio una esperanza, rompiendo la veda. Pero un nuevo diagnóstico, un golpe al corazón, leucemia felina, mi dulce canción.

 Lloré en silencio, por tu pena callada, pero mi amor, Pichurri, no conoce enfrenada. Tus juegos son pocos, tu sueño es profundo, mas tu presencia ilumina, todo mi mundo.

 Con cuatro inviernos, tu sabiduría felina, mi gato educado, mi esencia divina. Y ahora, en mi azotea, nuevos maullidos, gatitos pequeños, en busca de nidos.

 Tu espíritu noble, se extiende sin fin, alimentando a todos, un amor sin confín. Mi paga, mi esfuerzo, por su bienestar, mi vida con gatos, un dulce cantar.

 Mi lindo Pichurri, mi eterno consuelo, tu amor es la estrella, que guía mi cielo.


Continuara...

Gracias por visitar nuestros blogs.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario